Diez de la mañana, me despierto y es un martes común. Como de costumbre rápidamente preparo mi comida, que consiste en dos tortillas rellenas a medias de lechuga y sobras de pollo que quedaron del día anterior. Me arreglo y bajo justo veinte minutos antes de la una de la tarde para llegar a tiempo a la clase de comunicación escrita. Soy consciente de que si llego tarde Víctor, mi profesor, me hará pasar pena apenas me vea en el umbral para entrar. Cierro la puerta de la entrada de mi edificio y con afán comienzo a caminar por la acera. Cruzo la calle para llegar a la parada de autobuses. Sólo me faltaba una cuadra, cuando de repente, mientras caminaba a mi destino pensando en todo lo que tenía que hacer cuando llegara, me topo con dos perritos.
Asombrada y con el corazón hecho pedazos me paro. Me quedo contemplándolos unos segundos y me doy cuenta que los cachorros estaban desnutridos, que parecían haber sido abandonados por algún ser sin alma. Los miro un poco más, me agacho, acaricio sus débiles cuerpecitos y les digo perdón, no puedo hacer nada por ustedes. Me paro y sigo mi camino hacia la parada, pensando en qué pude haber hecho por los cachorros, preguntándome: ¿qué clase de persona hace ese acto tan inhumano? A lo que me respondí: si al final iba a botar sus mascotas ¿para qué tenerlas en un principio? Hasta le pregunté a Dios: Si sabes que mi amor por los animales es más grande que el océano mismo ¿por qué los pones en mi camino sabiendo que nada podía hacer por ellos? Me alejé, dejándolos atrás.
Llegando a la parada, seguía meditando sobre los cachorros Cocker Spaniel. La imagen de sus cuerpos esqueléticos no se borraba de mi mente. En eso chequeo el reloj. Son las doce y cincuenta. Estaba a punto de montarme en el autobús cuando de la nada, se me ocurre darles mi almuerzo a los cachorros. Me devuelvo con prisa al lugar donde se encontraban, abajo de un árbol no muy lejos de mi edificio. Llego y ahí seguían desmayados de hambre y sed. Con calma me siento, saco mi comida y los llamo hacia mí para alimentarlos. Me lleno de felicidad al ver como cambia la mirada en sus ojos cuando comienzan a comer. Saco mi termo y dentro de un hueco que había en la acera les puse agua. Ambos bebieron desesperadamente del pequeño pozo que hice. Satisfecha con el pequeño aporte que realicé y el cariño que les di, partí de nuevo hacia la parada de autobuses.
Llego a la universidad cuando ya es la una y veinte. Sin remordimiento, aunque sé que iba tarde, abro la puerta del salón valientemente. Como lo supuse, lo primero que recibí fue un grito de mi profesor preguntando:
- ¿Por qué llegas tan tarde?- con su tono chocante y autoritario.
-Profe hoy mi prioridad fue otra- me limité a decir mientras cerraba la chirriante puerta detrás de mí.